7 enero, 2014

El clásico de los propósitos por Año Nuevo

El clásico de los propósitos por Año Nuevo

Contemplo en el espejo mis incipientes michelines y carraspeo las flemas mañaneras. Las sombras que proyectan las bombillas del baño hacen que la melancolía inunde mi cerebro. Entre dos suspiros compungidos, me retrotraigo a mis días de gloria por los campos de fútbol. Yo, mediapunta fantasista de melena rizada al viento, media sonrisa canalla y vista de águila para quebrar los huecos de las defensas venidas de los pueblos de las inhóspitas estepas castellanas.

De nuevo en el presente, frunzo el ceño y descerrajo un juramento contra mi reflejo en el cristal. Mañana, día 1 de enero del año entrante, prometo comprar unas botas de fútbol, quizás acharoladas y de colores llamativos, e inicio una puesta a punto a base de running y una dieta personalizada diseñada por Pili, devota amante y a la sazón nutricionista de cabecera. En cuanto apure el último trujas de la noche, que un día es un día, corto por lo sano con el tabaco y dedico los veinte euros semanales del vicio a organizaciones no gubernamentales que desarrollen su loable labor en países subdesarrollados, fomenten la integración de etnias marginales y apoyen la liberación de los presos políticos del Myanmar.

Con el orgullo restablecido, meto tripa, contengo el aliento y procedo a cerrar el botón de los pantalones de traje. Retomo el aire, ajusto la pajarita y desfilo por el pasillo. Me lo pienso mejor por un instante y considero oportuno postergar la visita a la tienda de botas de fútbol para el día 2, porque el 1 no abre.

 31 de diciembre de 2012

Contemplo en el espejo mi barriguita cervecera y toso ruidosamente hasta que por fin puedo escupir parte de mis cenicientos alveolos por el váter. La bruma traslúcida que el lagrimeo provoca en mis ojos hace que la melancolía inunde mi cerebro. Entre un suspiro y un escalofrío traicionero, mi memoria se fuga a aquellos tiempos de instituto en los que solía impresionar a las chavalas de cursos menores haciendo bailar mis pectorales y presumiendo de tabletita de chocolate. Un segundo escalofrío me devuelve a la frialdad esterilizada del cuarto de baño. Observo la cara que se refleja en el espejo y le escupo entre desafiante y airado el reto definitivo. Mañana, día 1 de enero del año entrante, prometo sacar las bolas de papel que conservan intactas las botas de fútbol, baratas, sí, pero de colores llamativos y piel acharolada, arrancar con furia la etiqueta que prende de uno de sus ojales y volver a inscribirme en el equipo de los colegas (si me readmiten). Quizás incluya un juego de ropa de running cómoda, abrigada y elegante en la carta de los Reyes Magos, hasta tal punto hemos llegado. En un gesto de compromiso honesto, trataré de recordar las instrucciones que Pili -esa arpía traidora que usó la excusa de atender a un curso de quiromasaje en Málaga para no retornar nunca más-, dejó apuntadas en un papel abandonado en no sé qué cajón de la alacena. O mejor aún, exploraré dietas personalizadas online a lo largo y ancho de la red. Después de apurar la última cajetilla de trujas de la noche, que un día es un día, me agenciaré un cigarrillo electrónico con olor a menta y reservaré la gasolina del mechero para encender el cigarro que prenda de los labios de la que sea la nueva pareja que alumbre de ilusión mis días de vida. Con el dinero sobrante, daré debida cuenta de las cuotas pendientes de la comunidad de vecinos, devolveré los ciento cincuenta y dos euros que le adeudo a mi compadre Anselmo desde la Nochevieja pasada y dejaré propina al pordiosero de origen eslavo que acampa delante del portal.

Con el orgullo restablecido, metro tripa, contengo la respiración y procedo a cerrar el botón de los pantalones del traje. Con la cara enrojecida, vuelvo a meter tripa, me rindo y acudo a prender la bragueta con un imperdible king size. Me ajusto la pajarita, enjuago el sudor que baña mi frente y desfilo por el pasillo. Me lo pienso mejor y considero preguntar primero a Anselmo que si los cigarrillos electrónicos pueden prenderse delante de embarazadas y que si le corre prisa que le devuelva su dinero, que ando canino de ‘cash flow’ para lo que se espera de la noche.

 

31 de diciembre de 2013

Contemplo en el espejo en el espejo la redondez de mi barriga. Lo vuelvo a contemplar porque no logra dar con mis genitales. El esfuerzo arranca de mi pecho unas toses perrunas que derivan en una hiperventilación mareante. El estado de aturdimiento y semiinconsciencia introduce en mi mente un sueño lúcido en el que me veo a mí mismo, desde fuera, iniciar una arrancada repentina desde el borde de mi área pequeña y llevar el balón controlado, sorteando uno a uno los rivales que salen a mi paso, para chutar desde el punto de penalti del área rival, reventar las redes de la portería contraria y continuar corriendo para poseer lujuriosamente a una de las animadoras venidas a apoyar al equipo procedente de la agreste y hostil estepa castellana. El contacto de mi cabeza con el mármol del suelo del baño, frío y esterilizado, me hace volver en mi ser. Me incorporo apoyándome en el bidé y proyectando un intenso y desgarrado “eeeeaaaay” que subraya el hercúleo esfuerzo. Bufando como un miura, ensayo una mueca de desprecio contra el leviatánico mamífero que desborda el cristal del espejo y elevo a los dioses paganos una arenga que reverbera entre las paredes de la estancia.

Mañana, día 1 de enero del año entrante, prometo vender por eBay las botas de fútbol sala -¿o eran de fútbol, con la piel acharolada y colores brillantes?- y sustituirlas por unas cómodas, funcionales y ligeras zapatillas para running que me permitan caminar con comodidad desde el portal de casa hasta la taberna donde echan los partidos de fútbol por el ‘pay per view’. Por la presente, renuncio al doble postre de los domingos, a las recenas a horas intempestivas y a enrollar las Frankfurt en lonchas de suculento bacon, manjar de los dioses. Restrinjo las carnes rojas a cinco raciones por semana, los dulces a uno por merienda y los lingotazos al trinomio clásico y racional de jueves, viernes y sábado. Después de dar buena cuenta del último cartón de truja, importados por mi primo desde las Islas Canarias 

a precio ‘low cost’, que un día es un día, firmo no apurar los pitillos hasta el filtro y, de lunes a miércoles, a solo tragarme el humo la mitad de las veces en los cigarrillos impares. Gracias a ello, aliviar la combinación de berridos de tos y aliento de ultratumba realzará de nuevo mi erotismo a cotas que me permitan cazar ocasionalmente alegres divorciadas en discotecas de extrarradio a partir de las cinco de la madrugada. Con lo que me ahorre de no mantener una relación duradera, abonaré al bueno de Anselmo sus mil quinientos cincuenta y dos euros de deuda antes de que vuelva a defecar en la alfombrilla del recibidor.

Con el orgullo restablecido, metro tripa, contengo la respiración y procedo a ajustar la cintura elástica de los pantalones del traje. Al borde del aneurisma, y soportando con admirable estoicismo las mordeduras de la apretada goma que aprisiona la circunferencia de mi persona, me ajusto la pajarita con ayuda de un par de tiras de esparadrapo y encaro el pasillo apoyándome en el gotelé de los laterales pero con ánimos renovados. Me lo pienso mejor, envío un mensaje de whatsapp a mi primo para encargarle un nuevo alijo de trujas y devoro con fruición el pepito de crema y chocolate que encuentro como por arte de magia adosado a los laterales del bolsillo de la americana. Podemos.

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