4 febrero, 2014

Fumar marihuana

Fumar marihuana

Fumar marihuana«Como ha quedado bien documentado, fumé marihuana de joven y yo lo veo como un mal hábito y un vicio no muy diferente a los cigarrillos que he fumado durante mi juventud y en gran parte de mi vida adulta. No creo que sea más peligroso que el alcohol», se destapaba Barack Obama el mes pasado en una entrevista para el semanario New Yorker. Y si Barack Obama, líder del mundo libre, dice que fumar marihuana no es muy distinto a fumar tabaco e incluso menos perjudicial que beber alcohol, por algo debe ser. Nada que no supieran la legendaria banda rockera Los Porretas, cuando en su tema Marihuana espetaban aquel “tú que la criticas y le pegas al orujo”.

La marihuana acompaña al ser humano, dueño de una curiosidad natural e insaciable hacia los psicotrópicos, desde los inicios de su historia. El cáñamo, el cannabis y la marihuana aparecen ya en escritos chinos datados nada menos que en el siglo XXVIII antes de Cristo y asociados al reinado de Shen Nung o Shennong, una figura a caballo entre la historia y la leyenda y considerado por la tradición del país oriental como el introductor de la agricultura. También en Asia, concretamente en el subcontinente indio, aparece el uso de la marihuana en diversas ceremonias religiosas desde el segundo milenio antes de Cristo, amparada por sus propiedades para expandir los horizontes de la mente, robustecer la salud y actuar como vigorizante sexual, aparte por supuesto de su empleo como alucinógeno ligero.

Como lo bueno no tarda en conocerse, a partir del 500 antes de Cristo comienzan a florecer los primeros porreros del Medio Oriente. Hay quien dice que incluso en el Antiguo Testamento hay unas cuantas referencias al cáñamo –además de una buena cantidad de ilusiones visuales y auditivas que bien podrían compararse con los efectos de un colocón en condiciones-. Quizás el Árbol de la Ciencia plantado en medio del Edén no daba precisamente manzanas. Poco más tarde, durante la Grecia Clásica, aparece la primera descripción de un submarino –fumar canutos de marihuana de forma incesante dentro de un espacio pequeño y cerrado, para crear una densa atmósfera de humo-. El honor de tal invento recae sobre los escitas, pueblo nómada de las estepas de Europa del Este, quienes disponían de una cabaña en la que, sobre unas piedras ardientes, depositaban resina de cáñamo (hachís, vamos) y permanecían horas inhalándolo. Otra modalidad de la sauna. Es posible que lo combinaran con una especie de vino cuyos ingredientes incluían esta misma resina. En la Antigua Roma pasó a ser un producto cotizado, ya que se importaba de Egipto. Todavía su uso era recreativo y asociado a prácticas mágicas. En medicina, su aplicación no pasó de ofrecer un remedio casero para la otitis.

Tal era la fama de su cultivo en tierras norteafricanas que en el siglo XIV, ya con la región sometida bajo el Imperio islámico, algunos historiadores coetáneos achacaron su consumo a la decadencia de la sociedad egipcia. Sin embargo, algunos reductos religiosos y sacerdotes vinculados a cultos arcaicos prosiguieron reservándola en su botiquín como herramienta para la meditación. Nada como una correcta dosis de marihuana para ir con la actitud adecuada a consultarle a la almohada sobre lo divino y lo humano. Los dioses así lo prescriben.

Con el descubrimiento de América, la marihuana descubre nuevos territorios por conquistar. Bajo la excusa de que el cannabis es ideal para fabricar cuerdas, los colonos españoles e ingleses poblaron de marihuana los campos de Chile y Virginia. El mismísimo George Washington dispondría de unos cuantos armarios de cultivo en los que separaba plantas macho de plantas hembra, según confesaba, para fines medicinales. No consta en cambio que el bueno de George padeciera glaucoma o náuseas matutinas. No obstante, esta tradición médica del cannabis será moneda común en la farmacopea de los Estados Unidos hasta su restricción en 1942 -claro que también la cocaína era un recurso habitual de la medicina y la psicología y, además, componía uno de los principales ingredientes de la Coca-Cola, como su propio nombre indica-. Los sobrios tiempos de la Ley seca, en la década de los años veinte del siglo pasado, habían impulsado su empleo en el ocio, ya que a falta de whisky, buenos son los porros. Por otro lado, las campañas neoimperialistas norteamericanas en el Caribe y Sudamérica descubriría para los recios marines el poder relajante del cannabis, idóneas para calmar los nervios y descargar tensiones después de luchar todo el día contra el avance del comunismo internacional.

Pero de vuelta en el viejo continente, otra vez sería Egipto quien reverdeciese los laureles de la marihuana, en esta ocasión de la mano de las tropas napoleónicas instaladas en la zona a comienzos del siglo XIX. Por entonces, Carl Linneo, fundador de la taxonomía y la nomenclatura binominal, había bautizado a la planta como cannabis sativa. En Francia, el consumo de hachís era apreciado por la élite intelectual. Escritores como Honoré Balzac, Charles Baudelaire, Alejandro Dumas o el pintor René Delacroix pertenecieron a una de las primeras asociaciones cannábicas de la historia: el Club des Haschischiens.

Será en los años sesenta cuando la marihuana alcance un estatus de auténtico culto. Es la edad del ‘flower power’, del amor libre y de las drogas psicodélicas. Jimmy Hendrix alababa a la purple haze mientras tocaba la guitarra con los dientes, los Beatles viajaban a la India para conocer de primera mano los secretos místicos y esotéricos de los chamanes hindúes. Por su parte, John Wayne declara con actitud desafiante haber probado la marihuana, no haber experimentado efecto alguno y no entender a qué viene tanto revuelo con esa droga para mariquitas y depravados. Estados Unidos investiga y crea multitud de variedades, cada una de ella con sorprendentes y deliciosos efectos. Sin embargo, el recrudecimiento del conservadurismo y el final del sueño hippie a comienzos de los setenta condenará de nuevo a la marihuana al ostracismo, lo que no impide que los USA continúen siendo los dueños y señores del comercio de la hoja, al mismo tiempo que Marruecos, Pakistán y Afganistán se erigen en campeones del negocio del hachís. Tanto más cuando los esfuerzos policiales en tiempos de crisis parecen más orientados a penalizar a pequeños cultivadores domésticos. Holanda, en cambio, se configura como el Edén del fumador habitual, que decide renunciar a pasar la tarde en parques públicos fumando marihuana sin apenas oposición de nadie y pagarse un vuelo y tres noches de hotel para pasar la tarde en un decrépito coffee shop de Ámsterdam fumando marihuana sin apenas oposición de nadie.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, da la impresión de que los líderes mundiales han entreabierto los ojos, enrojecido sus córneas y llegado a una conclusión razonable: la regularización de un mercado que, legal o ilegal, continuará existiendo ante la inagotable demanda, su venta de manera racional y controlada, la reducción de presupuestos para acciones antimarihuana que se pierden en la nada, la obtención de unos jugosos beneficios vía impuestos fiscales y el destino de los esfuerzos económicos a mejorar la educación del ciudadano respecto a las características de su consumo. Países como Uruguay y estados norteamericanos como Colorado han decidido legalizar la marihuana.

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